DE LECTURAS Y RELECTURAS
El cautivante mundo de la Ciencia Ficción
Una mesa de saldos fue el lugar elegido por el destino para ponerlo en mi camino. El pomposo título de “La edad de oro de la Ciencia Ficción” llamó mi atención y el nombre de su autor, Isaac Asimov, me decidió a comprarlo.
En mi casa comprobé que Asimov era nada más que el recopilador de la colección cuyo volumen III acababa yo de adquirir. Pensé amargamente en los dos pesos que acababa de despilfarrar y recluí al volumen a la base de la pirámide que construyo con los libros que no leo, prorrogando su tratamiento a modo de castigo.
Luego de un riguroso descarte me volví a encontrar con Asimov. Prácticamente devoré en horas los ocho cuentos escritos entre 1934 y 1935.
El relato que más me conmovió se llama Coloso, de Donald Wandrei. Su protagonista, Duane Sharon, comprueba mediante un viaje realmente “fantástico” la teoría de un
universo compuesto por estratos parecidos a las estructuras atómicas y moleculares donde cada uno de ellos es un
sistema planetario más grande que el que acaba de abandonar. Antes del viaje, Duane conversa con un científico:
“... -Es posible que la teoría más antigua sea la acertada, y que algún factor desconocido nos impide ver las
galaxias más allá del trigésimo primer orden. Y aún quedan otras posibilidades.
¿Qué supones?
No sé –respondió Dowell, quejumbroso-. Pero hay una cuarta alternativa que ha estado a punto de enloquecerme sólo con pensar en ella.
¿Cómo es eso? ¿De qué se trata?
Dowell se limpió las gafas.
No sé si acertaré a explicarlo, pues el concepto es demasiado amplio. Bien, presta atención. Conoces las teorías atómicas. ¿Se te ha ocurrido alguna vez que los miles de
millones de estrellas que forman los millones de nebulosas y galaxias de todo nuestro universo podrían ser únicamente los electrones de un superátomo, por encima del cual podrían existir
seres inmensos, lo mismo que nosotros habitamos la superficie de la Tierra?...”
Este argumento me remitió a mi infancia. Recuerdo haber comparado, dibujo mediante, la estructura de los átomos con la configuración de nuestro sistema solar: el sol a modo de núcleo y los planetas como electrones girando alrededor. Pensaba, con la inocencia propia de un niño, si no sería demasiado atrevido pensar en seres gigantescos que nos observan como a insectos. Por supuesto, no había leído Coloso.
En este cuento, luego de ver morir a su novia, el protagonista huye de una guerra a escala mundial en una nave que aprovecha la toda la materia del universo para impulsarse y atraviesa el universo conocido a velocidades espantosas para desembocar en un mundo poblado por gigantescos seres que tratan de estudiarlo como nosotros lo haríamos con un insecto al microscopio.
La Ciencia Ficción siempre ha estado a mi lado, aún sin leerla. Ha formado parte de mis juegos simbólicos por mucho tiempo. Ya sea en mi casa o en la de mis amigos, siempre encontrábamos un lugar para construir una nave espacial hasta que una madre enojada en busca del palo de amasar nos dejaba sin palanca de mandos.
Sir Arthur Eddington en The Expanding Universe dice: “La representación de ciertos astrónomos es el modelo de un universo en expansión. El super-sistema de las galaxias se dispersa como una bocanada de
humo. A veces me pregunto si no podría existir una realidad a escala mayor, donde aquél no fuese efectivamente más que una bocanada de humo”.
Y antes de convertirme en humo, me gustaría conseguir los otros tomos de la colección. ¿Habrá en esta galaxia un lector gentil que me los preste?
Publicado el: julio 13, 2007
Más sinopsis sobre La edad de oro de la Ciencia Ficción