Büchner dota al personaje de Danton de un cierto cansancio existencial que parece situarle fuera del juego revolucionario
del que forma parte y le conduce a decir verdades más grandes. Robespierre es pintado como el resentido
eunuco (que se refugia en la exaltación de la
virtud porque no sabe disfrutar de la vida), obsesionado con aumentar el terror, instrumento de la virtud. Büchner pinta una revolución que ya no funciona y en la que el pueblo sigue sufriendo de los burgueses después de haber sido utilizado como arma contra la aristocracia. Como recurso ante la falta de soluciones, un sector cercano a Robespierre exige más sangre y entre ella, la del moderado Danton, que será llevado ante la Asamblea, donde dará un discurso que deja en ridículo a sus verdugos, aunque de nada le servirá.