Tony Blair, entre la
guerra de Irak y la paz en Irlanda del Norte
Ha sido la más larga y mejor coreografiada despedida
de la historia política británica. Tras diez años como primer ministro, Anthony Charles Lynton Blair -"llámenme Tony", como se presentó en público al tomar las riendas del
laborismo, en 1994-, dijo adiós a casi todo el mundo, desde líderes tribales en villas aisladas de Sierra Leona hasta el Papa, en el Vaticano, y las señoras que sirven el té en Downing Street. Aunque muchos hoy dicen detestarlo, los británicos ya empezaron a extrañarlo, porque, quién puede negarlo, Blair es el político más brillante de su generación. Con él se va, además, todo un estilo de hacer política: informal, carismática y fuertemente mediática. A los cincuenta y cuatro años, con una incipiente pelada y un corazón que le ha dado más de un susto, Blair ha visto caer en picada los altos índices de popularidad que había alcanzado en 1997, cuando, con sólo cuarenta y tres años, quebró dieciocho años de gestión conservadora y se convirtió en primer ministro. En algunos programas de televisión ya lo juzgan por crímenes contra la humanidad, mientras que en círculos políticos que van de Washington a Davos se lo vitorea como el prototipo de líder pragmático en el mundo de la globalización, firme en la lucha contra el terrorismo. Escocés como su sucesor, Blair nació en 1953 en Edimburgo. Estudió derecho en la Universidad de Oxford, mientras soñaba con convertirse en estrella de rock. A instancias de su futura esposa, la también abogada Cherie Blair, se sumó a las filas del Partido Laborista. Su carrera política comenzó en 1983, cuando ganó el escaño por el distrito inglés de Sedgefield. Tras la muerte de John Smith, en 1994, Blair se convirtió a los 41 años en el líder más joven en la historia del laborismo. Su gran acierto consistió en acelerar el proceso de modernización iniciado por Smith. Así, el laborismo pasó de ser el "cuco" del mundo capitalista a ser el prototipo de la Tercera Vía. Comparado por su encanto personal con Bill Clinton, Blair se convirtió pronto en la gran esperanza de los británicos, cansados de dos décadas de políticas conservadoras. En 1997 fue elegido primer ministro por una abrumadora mayoría. Quizá sus mayores logros fueron en el terreno constitucional: Escocia ganó su autonomía total, Gales lo hizo en forma parcial, Londres obtuvo su propio gobierno y se dieron los primeros pasos hacia la creación de una Cámara de los Lores elegida. Aun más importante, Blair merece casi todo el crédito por haber puesto fin al conflicto de Irlanda del Norte. En las políticas que afectan a la gente común, su gestión tuvo claroscuros. En términos estadísticos, la economía británica registró el período de crecimiento más largo en doscientos años, con un incremento del 1,85 por ciento anual y una tasa de desempleo del 4,7 por ciento. Pero Gran Bretaña es hoy un país con grandes desigualdades sociales. Mientras un 0,1 por ciento de la población vio crecer su fortuna de ciento noventa y tres mil millones en 1997 a quinientos ochenta y seis mil millones este año, cerca del cincuenta por ciento de la población sufrió una merma del 15 por ciento en sus ingresos en el mismo período. Con los atentados del 7 de julio de 2005, Gran Bretaña dejó de ser blanco del terrorismo irlandés para convertirse en objetivo del extremismo islámico. Es difícil no vincular esto con su decisión de participar en la
guerra de Irak, pese a la oposición de la opinión pública. La guerra de Irak y el escándalo por la venta de títulos a cambio de donaciones a su partido -que lo convirtió en el primer mandatario británico en ser interpelado- arruinaron el currículum del primer líder laborista en ganar tres elecciones consecutivas. "Yo decidí que teníamos que pararnos hombro a hombro con nuestro más antiguo aliado
, y lo hice por pura convicción", explicó hace poco, al sacar a relucir sus credenciales de político bien intencionado, que tanto lesirvieron una década atrás. Pero su credibilidad parece estar agotada. Ahora, hasta su probable conversión al catolicismo -religión de su esposa y sus hijos- es vista como una estrategia destinada a darle rédito moral para un cargo de mediador en Medio Oriente. El cinismo ha reemplazado a la ilusión y, sin ella, la magia de Blair no funciona.
Donanfer