El volumen reune una veintena de cartas que el poeta Rainer Maria Rilke escribió a su esposa, a varios amigos y a algunas
amantes entre 1901 y 1923 y que lanzan diversas pistas de las concepciones que este autor albergaba sobre el amor, la muerte, la religión, etcétera.
Para Rilke, la
soledad es sagrada en la naturaleza humana y en la suya propia, hasta el punto de que considera al amante como "guardián de la soledad" del ser querido. "Suplico a los que me aman que amen mi soledad", dice . De esa manera entiende también el matrimonio. Para él, el amor es una forma de entendimiento extremadamente difícil, solo posible entre seres maduros y de gran riqueza: "Sólo dos mundos singulares, amplios y profundos pueden unirse"
Para Rilke la muerte debe ser considerada como uno de los grandes acontecimientos de la existencia e incluso afirma que la vida debe estar dedicada a aprender a morir de una forma digna, "bien hecha", "donde el azar no tenga cabida", e incluso "entusiasta". Rilke reprocha a las religiones que pretendan erigirse en un paliativo a la perspectiva de la muerte y se muestra partidario de una concepción religiosa bastante particular, individualista y subjetivista al máximo. Por ejemplo, escribe: "¡Oh, qué lejos me siento de esos avaros que antes de rezar preguntan si Dios existe! Si no existe, o no existe todavía, qué importa! Mi plegaria lo creará porque, tal como se lanza a los cielos, es totalmente creación".
Bautizado en el rito católico, Rilke alude en la última carta de este volumen, la más próxima a su muerte, a su alejamiento de la filosofía
cristiana: "La experiencia cristiana se me aleja progresivamente; el Dios primitivo pesa infinitamente más. La idea de ser un pecador, que no puede llegar a Dios sin rescate, repugna cada vez más a un corazón que ha comprendido la tierra"
Un libro que, se compartan o no las concepciones ideológicas que lo guían, no puede leerse sin parar a cada momento para subrayar frases originales y brillantes.