Cierto que la historia de la política económica de un país insignificante
en terminos reales no es de interés general, pero puede al menos servir
de ejemplo activo de cómo el poder imperial en las actuales condiciones
mundiales utiliza sus recursos más disuasivos a fin de ejecutar planes de
desestabilización progresiva en periférias consideradas estratégicas.
Si bien el autor hace gala en su relato de una hermenéutica tecnocrática
y compleja, logra describir con eficacia la fatalidad del subdesarrollo.
El caso es que en el Ecuador y como resultado de expertas
maquinaciones financieras apadrinadas desde Washington, este proceso
ha concluido con la pérdida de la soberanía monetária.
La moneda local, el sucre, dió paso al dolar, o sea, una moneda dura
circulando en un economía dependiente. No cabe pues mayor distorsión
para un intercambio imperfecto.
Las taras resultantes del colonialismo español cooptado por el
catolicismo más recalcitrante dieron paso a un modelo primário
terrateniente y agroexportador marginal que estaba ligado a la
servidumbre y a la posesión de monocultivos latifundistas de baja
rentabilidad.
El modelo acumulador con los auges del cacao y el banano consolida a
una oligarquia agrofinanciera y comercial, importadora y exportadora,
que acapara todas las instancias de un estado interesadamente mal
estructurado.
Cuando en la decada de los setenta el petróleo brota de la selva
ecuatoriana una dictadura militar determinará que los cauces de
semejante riqueza se dirigan al império transformados en deuda externa
y más dependencia.
Esa retórica falaz de una doble moral sin ambages impuesta desde un
autoritarismo oficial criollo con sus intereses cruzados, capaz de violar
la constitución política de la república para cambiar el medio circulante,
hacen hoy del Ecuador una sociedad clasista, racista y excluyente,
completamente entregada a los designios del gran capital corporativo
multinacional que, en suma, han tornado la economía ecuatoriana
inestable y poco competitiva.
Sin pesimismo puede afirmarse que como pronostican los geopolíticos e
ideólogos norteamericanos, el Ecuador es un estado fallido.