Cuando la magia de un cuento te acompaña desde la niñez, pasa de ser, la creación de un autor individual, a una pertenencia nuestra.
La influencia del escritor de
cuentos infantiles, el danés Hans Christian Anderson, no sustentó la intención de Oscar Wilde al publicar: ``El Príncipe
Feliz y otros cuentos´´, en 1888; ellos no estaban destinados a la grey infantil. Escribía para sus lectores habituales, identificados a su peculiar estilo.¿Cómo entonces un público de niños y adolescentes quedan fascinados tras leer ``El Príncipe Feliz´´?. Artísticamente bello, puro, el cuento
llega, con toda su ternura
humana, igual a un niño que a un adulto.
Trata de una deslumbrante
estatua, laminada en oro, zafiros por ojos, rubí en la espada, erigida por la
ciudad, en lo más alto, al joven príncipe, que, en vida, había sido muy feliz, ajeno al mundo exterior y su miseria. Desde la colina, contempla la pobreza del
pueblo. A partir del conocimiento: ya no hay príncipe más triste que este Prícipe Feliz.
Una soñadora golondrina, rezagada de las emigrantes, llega a la estatua como huésped ocasional; conmovida por las lágrimas del príncipe, cede a sus ruegos: mediar, repartiendo a los más necesitados, cuanto de valor cubre su cuerpo, hasta dejarlo en ruinas. La golondrinita incapaz de abandonarlo, a pesar del crudo invierno, sella su amor con un beso y termina a los pies del amado, sentenciado por las vanidosas autoridades del pueblo a ser fundido, por afear el ornato.
De un basurero son rescatados por los ángeles como lo más valioso de la ciudad y premiados por Dios en el cielo.
Oscar Wilde proclamaba: ``El bien es una necedad, sólo lo bello importa´´... Se sorprenderia mucho al comprobar que no sólo transmitió con ``El Príncipe Feliz´´ tanta belleza, despertó en todos la generosidad humana.
Publicado el: febrero 27, 2006
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