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Síntesis y críticas breves

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Menores al por mayor XV

por : Juan1337    

Autor : Juan1337
Continuación...
El brillo de los ojos negros de Carola se acentuó y sonrió de tal manera que dos atractivos oyuelos
circulares se dibujaron a ambos lados de su boca. Yo acompañé a la casera hasta la puerta y corrí el pasador. Poco después empezó la película... era de terror. El Fantasma de la Ópera o algo así. En realidad no sé si dijo la verdad o fue una excusa. Lo cierto es que después de las dos o tres primeras secuencias Carola se levantó de su silla como impulsada por un resorte y vino a abrazarme.
-Tengo mucho miedo señor. Exclamó haciendo pucheros.
-¡Eh!.. ¡No es para tanto!.. Sólo es una película, no hay nada real.
-Lo sé... pero me dá mucho miedo...
-Bueno, si es así vamos, que te llevo de tu abuela.
-¡Nooooo!.. me quiero quedar... -casi rogó- Si me tiene a upa, como si fuera mi papá, estoy segura que el miedo se me va a pasar...
Y como del dicho al hecho no hay mucho trecho, pegó un saltito y se sentó sobre mis piernas, apoyando su espaldita contra mi pecho y su cabeza sobre mi hombro, a la izquierda de la mía. Para que no resbalara la abracé por la cintura y así nos quedamos muy quietos , como diez minutos, siguiendo las alternativas del film.
No sé por qué pero mi pingo empezó a desperezarse. Yo trataba de evitarlo, Era una nena que creía que yo era su papá y no quería que sintiera el bulto bajo su colita. Pero enseguida me dí cuenta que la respiración de Carola se hacía más y más vertiginosa. Y que la temperatura de su cara se iba incrementando rápidamente.
Torcí la cabeza a la izquierda y mi boca quedó justo junto a su orejita. El perfume de su piel era embriagador, como de flores del campo. Le dí un par de suaves besitos en la oreja y le pregunté, susurrando:
-¿Ya se te pasó el miedo?... Con la cabeza contestó negativamente. Pienso que estaba tan excitada que no podía articular palabra.
Su calentura se hizo contagiosa. Ya no disimulé el bulto de mi pantalón. Fundamentalmente porque me dí cuenta que ella, deliberadamente, se había acomodado de tal forma que el relieve le encajaba exactamente entre su ano y su vulva.
Mis besos en su oreja se convirtieron en cortas y delicadas lamidas. Mi lengua recorrió lentamente su oreja, luego el cuello y su hombro, para lo cual le corrí el cuello de la remera hacia un costado. Ella cerró sus ojitos y el jadeo se hizo más perceptible. El televisor seguía funcionando... para nadie.
La corrí suavemente hacia adelante y levanté un poco su remera para acariciarle la espalda. Noté que no tenía corpiño. Por otra parte no lo necesitaba, porque cuando mis manos pasaron adelante encontré dos tetitas del tamaño de apetecibles mandarinas, duras y erectas, pequeñitas pero con dos pezones prominentes, si se quiere desproporcionados.
Carola se relajó y estiró las piernas, inclinando su cuerpito como a 45 grados respecto del piso en el que apoyaba sus piecitos, que ahora lucían descalzos.
En un momento dado parece que se cansó de mis besos en la oreja, cuello y hombro, porque mientras con mis dos manos le acariciaba suavemente sus incipientes pechos, redondos y duros como sus glúteos, torció la cabeza y apoyó sus ardientes labios sobre los míos y a poco nuestras lenguas se encontraron y comenzaron a dibujar maravillosos arabescos.
Mientras mi mano izquierda seguía acariciando uno de sus pechitos, mi mano derecha bajaba lentamente para acariciarle la pancita. La temperatura de su cuerpo era uniforme. Donde tocaba calculaba, por lo menos, 45 grados centígrados.
Retiré mi boca de la suya y, mientras en circulo acariciaba su pancita, le dije al oído: Me parece que estás un poco gordita; creo que comiste mucho esta noche. Asintió con la cabeza. Mi mano seguía acariciando su vientre dibujando círculos cada vez más amplios hasta llegar a la cintura de su pollera, cuyos dos botones desabroché rápidamente.
Mientras mi mano izquierda seguía regodeándose con sus pequeñas tetas, los dedo de la derecha se colocaban debajo del elástico de su bombachita.
-¿Ya tenés pelitos?... le pregunté, siempre al oído y besándole la oreja. Una vez más asintió con la cabeza.
-¿Puedo acariciarlos?... Nuevamente su cabecita se movió de arriba hacia abajo un par de veces.
Sus vellos no eran vellos, eran bellos. Cortos, pero muy tupidos.
No sé si lo imaginé. pero en ese momento sentí que de la vulva se desprendía una especie de vapor. Tal vez lo soñé, pero así lo sentí.
Cuando mis dedos siguieron bajando, recorriendo ese cuerpito angelical y se la tocaron, Carola se estremeció de placer. Así estuvimos unos minutos, percibiendo yo como su líquido hirviente brotaba y brotaba.
Luego, mientras con mi mano izquierda le bajaba la bombachita hasta los tobillos, con la otra, como podía (y no fue muy fácil) abría mi bragueta y sacaba al exterior a mi erecta socia que, así como estábamos, le apoyé, por detrás, contra el acceso a su diminuta vagina.
Creo que Carola tocaba el cielo con las manos. Lo digo por la forma en que se retorcía y disfrutaba de ese mero contacto exterior.
Continúa
Publicado el: enero 08, 2006
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